martes, 10 de septiembre de 2024

Y cincuenta años después, Goyo Cárdenas volvió a ser ovacionado...

     Es una tarde lluviosa fuera de mi ventana mientras escribo estas líneas, sin embargo, no es la única tormenta sobre mi nación, sobre mi gente, sobre nuestro futuro. De hecho, al reflexionar en torno a las tormentas que hemos atravesado como país, pienso en mi etapa como profesor adjunto de la materia de Formación del Estado Mexicano, una asignatura en la que abordábamos los primeros cien años de la historia del México Independiente; Imperio, República, liberales, conservadores, intervenciones, guerras civiles, dictaduras... No somos ajenos a la tormenta, sino a la calma. No alcanzamos un consenso social suficiente para progresar por más de tres décadas sin tener que desmoronar todo y reconstruir de cero. Somos buenos para eso, somos resilientes, fuertes y solidarios ante la calamidad, pero rencorosos y jactanciosos de frente al desarrollo y la prosperidad. Somos, en general, distraídos y olvidadizos, y nos negamos a la oportunidad de crecer en aras de tomar un turno en el poder para poder servirnos con la cuchara grande. 

    Es septiembre del año 2024, y lo que llama a todas y todos quienes están interesados en la política, es el Senado de la República, que discute la Reforma al Poder Judicial, una propuesta de un paquete enviado por el Presidente Andrés Manuel López Obrador; lo que su facción presenta, es la panacea en términos de justicia contra un grupo elitista que ha sido un lastre para la Nación, lo que la opocisión refuta, es una lapidación pública a un contrapeso fundamental para evitar una regresión democrática de medio siglo. ¿Quién tiene la razón? No podemos saberlo, nos arrastra una tormenta de información y desinformación. Que han detenido a un Senador, que otro pidió licencia, algunos señalan con el dedo y acusan de traidores a sus propios correligionarios, mientras la bancada oficialista aplaude el espectáculo de sus opositores destazándose unos a otros. Una postal vergonzosa, cuando menos. 

    La batalla se libra en el Pleno del Senado, porque en la Cámara de Diputados no hubo manera de resistir el embate de una abrumadora mayoría. Sería repetitivo comparar los números de las Cámaras con el priísmo de antaño; somos una sociedad distinta, con una manera diferente de ver la alternancia, y con millones de votos en favor del oficialismo, se ha expresado una voluntad clara: se decidió darle continuidad a un proyecto de nación, que desde el anticipado inicio de su campaña anunció un ambicioso movimiento, el llamado Plan C, que consistía en obtener los números que hoy tienen para superar a sus opositores en cada obstáculo que antes hubieran presentado. La oposición, pobre y desarticulada, no hace más que correr en círculos y estrellarse unos con otros, desde sus trincheras en los partidos, el PRI roba la única elección que les queda: la interna para la dirigencia del partido; en el PAN, el más viejo partido de oposición en México, poco les queda de la credibilidad, orgullo y altivez que antaño, cuando significaron la primera alternancia del país, tenían; del PRD ya no se debe de hablar, por respeto a los que ya no están entre nosotros. 

    Estos representantes, que deberían mantener altura y dignidad al llevar el estandarte de la confianza y la esperanza de millones de personas que han padecido el desolador panorama político mexicano, se mofan y ofenden unos a otros, e incluso entre ellos. Quienes alcanzaron sus lugares con un partido, no esperan tan siquiera a tomar protesta cuando ya se han teñido con otros colores. Arrojan acusasiones y denuncian presiones, sin dar explicación alguna a sus representados, a quienes apartan y enajenan de la discusión, la discusión que les afectará a ellos, a sus Derechos Humanos y a la de por sí golpeada impartición de justicia mexicana. Son estos representados los que deben entrar a la fuerza al recinto donde se discute la Reforma para tener un deslucido lugar en la conversación, y simple y sencillamente, en lugar de dar oportunidad a lucir de galantería y altura política otorgando la palabra a quienes deben de representar equitativamente, el oficialismo decidió decretar receso y retomar la sesión en la Antigua Casona de Xicoténcatl, detrás de una impenetrable muralla de policías custodiando celosamente el recinto. Quienes vivirán este incierto nuevo sistema están destinados a aceptarlo silenciosamente desde la tribuna, sin oportunidad de participar y construir diálogos. 

    Me disculpo contigo, apreciable lector, si parece que no estoy siendo concreto con el tema que estoy tratando. Este medio es un escape de la desesperación provocada por el pánico y los rumores. Rostros angustiados o burlas grotescas inundan las redes sociales, los medios de comunicación y las conversaciones vecinales. Más allá del resultado de las votaciones y la propia Reforma Judicial, miro con tristeza la tormenta política en la que estamos bien metidos. ¿Cómo exigirle a nuestros representantes que dejen su dramáticamente desagradable puesta en escena de lado y que obtengan diálogo y consensos, si sus representados no pueden dejar de lado sus dogmas políticos, cuasi religiosos, para atender a una premisa básica: el gobierno no es aliado y siempre velará por mantener su poder y estatus? 

    La Reforma Judicial no es causa, sino síntoma. Síntoma de una corrupción sistemática en instituciones, partidos, movimientos e ideologías en general. Todo lo que salga del sistema, es para beneficio del sistema, en mayor o menor medida para ciertos grupos, pero todos los actores que participan en las acciones del sistema están coludidos en mantener su poder, ¿o no es común saber de cacicazgos en todas las latitudes del país? Nombres que tienen décadas resonando en la poítica, en todos los niveles de gobierno. Presidencias municipales, gubernaturas, senadurías, diputaciones, cabildos, secretarías. Haz el ejercicio, estimado lector, y verás que muy probablemente te surge en la mente el apellido de los caciques de tu región. ¿Puede un sistema tan intrínsecamente corrompido generar un beneficio para la población? No, no puede.

    La preocupación y los ánimos caldeados se tensaron aún más cuando un senador de oposición dejó de contestar el teléfono. El suplente del senador, dicho sea de paso, su padre, abonando al comentario anterior sobre los cacicazgos, se presentó a la sesión del 10 de septiembre para responder a los dichos de otro senador de oposición donde hubieron dimes y diretes, donde se dijeron cobardes, doblados, vendidos, traidores y cuanto más. Increíblemente, este intercambio de injurias no fue lo más desagradable de la intervención del senador suplente. Sin lugar a dudas, verlo arribar al Pleno del Senado y ser aplaudido por las y los Senadores del oficialismo, fue sumamente deplorable, carente de todo ánimo de debate y construcción, el mensaje era claro: "Hagan lo que hagan, ya hemos ganado".

    Quizas te preguntas, estimado lector, sobre el papel de Goyo Cárdenas, el Estrangulador de Tacuba, en este texto. Redes de trata, acusaciones de agresión sexual, vínculos con el crimen organizado y enriquecimiento ilícito, esas son las nubes que oscurecen el Senado de la República con algunas de las personas que ocupan sus escaños, de diferentes partidos e ideologías, ninguno escapa a los rumores. ¿Son personas así las que pueden determinar el rumbo que debe llevar la justicia en México? ¿Realmente podemos quedarnos sin cuestionar que haya vítores y ovaciones a estos individuos? Viendo la sesión del día de hoy, no pude evitar recordar aquella bochornosa historia de la sesión en la Cámara de Diputados dominada por el priísmo de Luis Echeverría en los años 70, cuando se ovacionó de pie a Gregorio Cárdenas, el Estrangulador de Tacuba, aprisionado por el asesinato de al menos cuatro mujeres, y aplaudido por los representantes del pueblo por ser el claro ejemplo de reintegración social y del buen funcionamiento del sistema de justicia mexicano. ¿Realmente puede una Reforma gestada en actos de corrupción e impunidad, acabar con la corrupción y la impunidad? Es un absurdo risible, y el Senado de la República se regordea en su mofa a sus representados. 

    Es por eso que quienes me han preguntado mi opinión sobre la Reforma Judicial, saben que me parece un atentado a los balances de poder, pero no me siento en dispocisión de ahondar más allá. La Reforma, por lo bien o mal hecha que esté, no es la panacea ni la debacle, es un mero síntoma de todo lo que está mal con nuestro sistema. Puede ser que la oposición consiga articularse milagrosamente en el momento decisivo y pueda contener el avance, pero hemos visto en estos días como manejar la presión no es lo suyo, y es poco probable que mantengan cohesión, firmeza y resistencia durante, al menos, tres años hasta que la Cámara de Diputados pueda renovarse. El oficialismo sabe lo que tiene, y sabe que posee el tiempo y los medios necesarios para superar cualquier vano intento de resistencia de un posible bloque de contención. Tristemente, el oficialismo no sabe lo que no tiene, y eso es la capacidad de generar consensos con quienes no están de acuerdo con ellos; por eso apostaron al Plan C, para tener la posibilidad de generar discusiones unilaterales que siempre ganarían, y su siguiente paso es moldear todos los obstáculos a su favor para hacer lo que deseen. Lamentablemente, no apostaría que su buen corazón nos lleve a una nueva era de justicia y progreso, sino a un retroceso en la corrupción, el nepotismo y una escalada de segregación y violencia. 

    Es una batalla ganada desde que obtuvieron un porcentaje tan alto en las Cámaras Legislativas, la democracia en su máximo esplendor. Mientras tanto, en la oposición seguirán acusándose unos a otros de cobardes y traidores, citando las películas de Star Wars para afirmar que la libertad ha muerto en nuestro país. Sin embargo, no todo es desolador y negativo. Es una gran oportunidad para que, como ciudadanía, podamos abrirnos al debate y la conversación, podamos enriquecernos unos a otros en la discusión para generar instituciones que no dependan de partidos y caciques para funcionar, podemos conocer las herramientas con las que contamos fuera de la manipulación, el miedo y la desinformación usada por todos los partidos y actores políticos para usar a la gente y sus emociones a su favor. Aprendamos que el desacuerdo no es una catástrofe, sino una oportunidad. A pesar de ese atisbo de esperanza, no omito recordar aquella magnífica frase del entonces Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, el Diputado Porfirio Muñoz Ledo: "Chinguen a su madre, que manera de legislar."

    Si hay algo que es seguro entre tanta incertidumbre, es que la Sexagésimo Sexta Legislatura tendrá mucho que ofrecer. Si trajeron al fantasma de Goyo Cárdenas con una ovación, ¿qué más podemos esperar? 




    

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